I can’t take credit for this one. I saw it online from a pastor or Christian orator. I did change the verbiage a little to better fit my LDS views and perspective, and I added some of my own thoughts to it.
If heaven is the place where everybody's forgiven, and hell is the place where nobody's forgiven, when we forgive, we pull heaven down into our lives. And when we choose not to forgive, we pull hell up into our lives.
Jesus calls Satan Beelzebub. It literally translates to Lord of the Flies. And the implication is that if you get a deep wound, what flies do is they get in there and infest the wound. Then something that hurt you can suddenly become fatal.
And so when Jesus calls Satan Beelzebub, what he's saying is that every wound you have, if you don't, through the healing power of the Atonement of Jesus Christ and forgiveness, close that wound, it becomes a wide-open pathway for Satan's work in your life. There's a way that unforgiveness is a portal straight into your soul.
There are some people who, the older they get, the more cynical they become. And then there are other people who become a little more joyful. It seems that people end up one way or the other.
What's the difference?
One person, throughout their life, allowed the Savior to heal their heart through the power of His Atonement and the choice to forgive. The other held on to the wounds that were never allowed to heal.
And wounds that are never healed do not simply disappear with time. We carry them with us. They can quietly influence the decisions we make, the way we see others, and the way we respond in our relationships. Years may pass, circumstances may change, and different people may enter our lives, but an unhealed wound can surface again and again. Sometimes we find ourselves reacting to someone in the present because of something someone else did to us in the past.
Until we allow the Savior to help us heal what happened before, we risk carrying yesterday's pain into today's relationships and allowing an old wound to hurt people who never caused it.
I know this because I’ve had wounds of my own. I’ve been hurt, disappointed, betrayed, and left with things I had to work through. But I’ve also learned what happens when we truly allow ourselves to heal. Healing has changed the way I see people and the way I respond to them.
Because I’ve worked through many of those wounds, I don’t automatically assume that someone is attacking me because something they said reminds me of something painful from my past. I don’t want old triggers deciding what someone’s intentions are before I give that person the opportunity to show me. I’ve learned to give people the benefit of the doubt, to listen before assuming, and to recognize that the person standing in front of me today is not necessarily the person who hurt me yesterday.
That, to me, is part of the power of healing and the power of forgiveness.
Forgiveness doesn’t erase what happened. Healing doesn’t mean we forget. It means what happened no longer gets to control what happens next.
Through the healing power of the Atonement of Jesus Christ, our wounds can become something we learn from instead of something we continue to live from.
And maybe that is one of the greatest freedoms forgiveness gives us: we can remember the wound without continuing to bleed from it.
No puedo tomar crédito por este mensaje. Lo vi en internet de un pastor u orador cristiano. Le cambié un poco las palabras para que fuera más de acuerdo con mis creencias y mi perspectiva como miembro de la Iglesia, y también le agregué algunas de mis propias reflexiones.
Si el cielo es el lugar donde todos son perdonados, y el infierno es el lugar donde nadie es perdonado, entonces cuando perdonamos, traemos un pedacito del cielo a nuestra vida. Y cuando decidimos no perdonar, traemos un pedacito del infierno a nuestra vida.
Jesús llama a Satanás Beelzebú, que literalmente significa “Señor de las Moscas”. La idea es que cuando tienes una herida profunda, las moscas pueden meterse en ella e infectarla. Entonces algo que al principio solamente te lastimó, si no lo atiendes, puede convertirse en algo mucho más serio.
De la misma manera, cada herida que llevamos dentro, si no permitimos que sane por medio del poder sanador de la Expiación de Jesucristo y del perdón, puede convertirse en una puerta abierta para que el adversario tenga influencia en nuestra vida. De cierta manera, el no perdonar puede convertirse en una puerta directa hacia nuestra alma.
Hay personas que mientras más años pasan, más cínicas, amargadas y desconfiadas se vuelven. Pero también hay otras que, a pesar de todo lo que han vivido, con los años parecen tener más paz, más alegría y más tranquilidad. Parece que con el tiempo podemos terminar de una manera o de la otra. ¿Cuál es la diferencia?
Una persona, a lo largo de su vida, permitió que el Salvador sanara su corazón por medio del poder de Su Expiación y de su decisión de perdonar. La otra siguió cargando heridas que nunca permitió que sanaran.
Y las heridas que nunca sanamos no desaparecen simplemente con el tiempo. Las seguimos cargando. Pueden influir silenciosamente en las decisiones que tomamos, en la manera en que vemos a los demás y en cómo reaccionamos en nuestras relaciones. Pueden pasar años, pueden cambiar las circunstancias y pueden llegar nuevas personas a nuestra vida, pero una herida que nunca sanó puede volver a aparecer una y otra vez. A veces terminamos reaccionando con alguien que está frente a nosotros por algo que otra persona nos hizo en el pasado.
Hasta que permitamos que el Salvador nos ayude a sanar lo que pasó, corremos el riesgo de llevar el dolor de ayer a las relaciones de hoy y permitir que una vieja herida termine lastimando a personas que nunca la causaron.
Lo sé porque yo también he tenido mis propias heridas. Me han lastimado, me han decepcionado, he pasado por traiciones y por cosas que he tenido que enfrentar, entender y superar. Pero también he aprendido lo que pasa cuando realmente nos permitimos sanar. Sanar ha cambiado la manera en que veo a las personas y la manera en que reacciono ante ellas.
Porque he trabajado en sanar muchas de esas heridas, ya no pienso automáticamente que alguien me está atacando simplemente porque algo que dijo o hizo me recuerda algo doloroso de mi pasado. No quiero que heridas del pasado o cosas que todavía me provoquen una reacción decidan por mí cuáles son las intenciones de otra persona antes de darle la oportunidad de demostrarme cuáles son realmente. He aprendido a darles a las personas el beneficio de la duda, a escuchar antes de asumir y a recordar que la persona que está frente a mí hoy no es necesariamente la persona que me lastimó ayer.
Para mí, eso también es parte del poder de sanar y del poder del perdón. Perdonar no borra lo que pasó, y sanar no significa olvidar. Significa que lo que pasó ya no tiene el poder de controlar lo que pasa después.
Por medio del poder sanador de la Expiación de Jesucristo, nuestras heridas pueden convertirse en algo de lo que aprendemos, en lugar de algo desde donde seguimos viviendo. Y quizás esa sea una de las libertades más grandes que nos da el perdón: podemos recordar la herida sin seguir sangrando por ella.



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