Señor, dame fuerza para uno más
Un discurso sobre la Expiación de Jesucristo
Hace varios meses vi la película Hacksaw Ridge. Cuenta la historia real de Desmond Doss, un soldado medico durante la Segunda Guerra Mundial que se negó a cargar un rifle debido a su fe y su religion. Él no creía en quitar vidas, sino en salvarlas.
Durante una de las batallas más sangrientas de la guerra, toda su unidad recibió la orden de retroceder. Todos empezaron a decender barranco hacia un lugar seguro. Cuando el llegó a la orilla, preparándose para bajar, escuchó los gritos. Soldados heridos que aún estaban allá arriba. Podía bajar a donde sus compañeros estaban a salvo, listos para proteger a los que decendian… o regresar al campo de batalla a ayudarlos. Él decidió quedarse.
Era de noche asi es que estaba rodeado de oscuridad, Se escuchaba el el sonido ensordecedor de explosiones, de las balas impactándose cerca, comenzó a buscar a los heridos. Algunos estaban hasta a 600 pies de distancia, o sea, la distancia de dos campos de fútbol. Para mantenerse con vida, en ocasiones tuvo que quedarse inmóvil junto a soldados fallecido mientras que el enemigo pasaba a solo unos pasos de donde estaba.
Cada vez que encontraba a un soldado herido, se negaba a dejarlo atrás. Lo cargaba, lo arrastraba, lo levantaba y lo llevaba hasta el borde del barranco. Era una caída de 40 pies, la altura de un edificio de cuatro pisos. Para este momento, ya no había nadie abajo. Pero aun así, cuidadosamente bajaba a cada soldado a ese lugar seguro. Luego se daba la vuelta y regresaba al campo de batalla.
El primero. Luego diez. Luego treinta. Luego cincuenta. Hasta que fueron setenta y cinco.
Cada vez más cansado. Cada vez más débil. Cada vez arriesgando su vida.
Y cada vez hacía la misma oración: Señor, dame fuerza para solo uno más.
Después de bajar al último hombre, con las manos desgarradas y ensangrentadas por la cuerda, su cuerpo cayo de cansancio. No le quedaba nada más por dar. Pero porque decidió quedarse… setenta y cinco hombres vivieron.
Lo que Desmond Doss hizo esa noche es solo un pequeño ejemplo de lo que Jesucristo hizo por cada uno de nosotros.
El Salvador no cargó a setenta y cinco hombres. Él cargó a cada alma que ha vivido. Historiadores estiman que más de 100 mil millones de personas han vivido en esta tierra.
Él los salvó a todos. No como un grupo, sino individualmente. A mí y a cada uno de ustedes.
Él sufrió todo lo que nosotros hemos sufrido. Alma capítulo 7 enseña que Él tomó sobre Sí dolores y sufrimientos de toda clase. No sufrió solamente por nuestros pecados. Sufrió por el dolor. Sufrió por la tristeza. Sufrió por la enfermedad. Sufrió por el corazón quebrantado. Sufrió por la soledad. Sufrió por el miedo. Sufrió por la incertidumbre. Sufrió por nuestras debilidades. Sufrió por cada carga que alguna vez llevaríamos. Para saber perfectamente cómo ayudarnos.
Yo llegué a comprender esto de una manera pequeña, pero de una manera que nunca antes había entendido, durante un accidente en motocicleta.
Un carro invadió mi carril y salí expulsado de mi motocicleta y caí en medio de la carretera.
Era hora pico en la carretera y podía escuchar el sonido de los frenos deteniéndose bruscamente.
Cerré los ojos, orando por protección. Luego hubo silencio.
Mi primer instinto fue ver si podía moverme. Moví los dedos de mis manos y respondieron. Luego moví la pierna izquierda y pude moverla. Después intenté mover la pierna derecha. Había dolor. Dolor intenso. Pero era tolerable. Supe que algo estaba roto.
Luego moví el brazo izquierdo. Respondió.
Pero cuando intenté mover el brazo derecho, el dolor que sentí fue un dolor que nunca había sentido antes. Fue inmediato. Intenso. Insoportable.
Mi rostro comenzó a temblar por el dolor. No podía controlarlo.
Y las lágrimas comenzaron a caer automáticamente sin parar, como si hubiera abierto una llave de agua.
Y allí, acostado sobre el pavimento extremadamente caliente, ahora rodeado de personas, sintiendo el dolor de seis huesos rotos y lleno de incertidumbre, comencé a comprender qué real es el sufrimiento físico.
Las Escrituras enseñan que Cristo sufrió mucho más. En Mosíah capítulo 3 dice que Él sufriría dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir, excepto hasta la muerte.
Y en Doctrina y Convenios sección 19, Él dijo que Su sufrimiento le hizo, aun siendo Dios, temblar por el dolor y sangrar por cada poro. Él tembló. Sangró por cada poro. No simbólicamente. No figurativamente. Literalmente.
Y al reflexionar en ese momento en la carretera, cuando mi propio rostro temblaba por la intensidad del dolor, comprendí algo que nunca antes había entendido. El Salvador sabe exactamente lo que eso se siente. Él lo ha sentido. No en teoría. No como un concepto. Sino en realidad. Él tembló para que cuando nosotros temblemos, no estemos solos.
Pero el propósito de la Expiación no fue solo entender nuestro dolor. Fue vencerlo. Hacer posible el arrepentimiento. Limpiarnos. Sanarnos. Cambiarnos.
Gracias a la Expiación podemos arrepentirnos. Podemos ser perdonados. Podemos vencer la muerte espiritual. Nuestras debilidades pueden convertirse en fortalezas. Podemos regresar a Su presencia. No solo la salvación sino la exaltación es posible.
Y un día estaremos delante de Él. Y veremos las marcas en Sus manos. Marcas que testifican que Él, sabiendo que era un Dios y que Él podía terminar Su sufrimiento en cualquier momento, decidió quedarse. Marcas que testifican del amor que tiene por nosotros. Para que pudiéramos arrepentirnos. Para que pudiéramos ser perdonados. Para que pudiéramos regresar a Su presencia.
Finalmente, yo no sé si este era humor de NPC, pero mientras estaba acostado allí en el pavimento, con mi cuerpo quebrantado, a lo lejos todavía podía escuchar mi motocicleta. El motor seguía encendido. La música seguía sonando. Y la canción que se escuchaba era la de George Michael… You’ve got to have faith. (Tienes que tener Fe posiblemente tocar la cancion por el telefono)
Testifico que Jesucristo vive. Testifico que Su Expiación hizo posible el arrepentimiento. Testifico que gracias a Él, lo que está roto puede ser restaurado. Testifico que gracias a Él podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.
En el nombre de Jesucristo, amén.




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